—Sí, tengo algunas objeciones.
Ricardo Navarro fue directo y sin rodeos:
—No siempre busques atribuirte el mérito; no somos ciegos; si se esfuerza, se notará. Hace poco, pero habla como si hubiera hecho hazañas.
—Tú...
Carolina pareció herida. Esta vez no lloró, pero sus ojos se enrojecieron, llenos de amargura y desolación.
Sebastián intervino:
—Basta. Carolina tuvo buenas intenciones. Si no lo quieres, déjalo.
¡El ruido lo estaba sacando de quicio!
Patricio se levantó.
—Nos vamos. Si tienes