Carolina también lo notó.
Una inquietud creció en ella, pero no se apresuró.
Respiró hondo y volvió a sonreír.
—Sebastián, acabo de llegar a la Capital, no conozco a nadie. Por eso me complico, temiendo equivocarme y empeorar las cosas. Pero me adaptaré pronto. Puedes dejarme la casa a mí, de verdad.
—Bien, entonces está bien.
Sebastián pidió a su guardaespaldas que lo ayudara a subir a cambiarse.
Al verlo irse, la sonrisa de Carolina se desvaneció.
Sabía que quizá él ya no sentía nada por ella