Ricardo permaneció en silencio.
Carolina se giró para marcharse.
Pero otra vez... nada. Nadie la detuvo, ni una palabra.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que casi tembló; su imagen siempre serena estaba a punto de quebrarse.
¿Qué les ocurría a todos?
¿Por qué nadie la detenía?
¿Acaso había cometido algún error? ¿Supieron algo?
La confusión se mezclaba con el pánico en su pecho.
Tras unos pasos, se detuvo y volvió, buscando algo que decir:
—Ricardo, ¿me lo prometes?
De pronto, él soltó una c