Su cuerpo se tensó visiblemente. Con las manos apoyadas con resignación en la cama, miró hacia abajo a Valeria, quien no lo soltaba.
Valeria, con los ojos cerrados, tenía la cara pegada a su pecho.
Eduardo, sin opción, no tuvo más que volver a levantarla y sentarse él.
Valeria terminó sentada sobre sus piernas y, medio ida, se acercó aún más, rozándolo sin darse cuenta.
Eduardo frunció el ceño.
—Tú…
—Mamá… Lo siento… —las lágrimas de Valeria cayeron sobre su camisa, calentando una pequeña zona.