Valeria se recostó en el sofá, con un dolor de cabeza insoportable.
Se odiaba. Odiaba lo ciega y tonta que había sido... tan joven, tan ingenua. Y por eso estaba ahora así.
Incluyendo haber visto hoy la verdadera cara de Sebastián, solo sentía un asco que le revolvía el estómago.
Valeria se sentía mareada.
—Me voy ya, Eduardo.
—¿A casa? Te acompaño.
—No voy a casa. No hace falta que me acompañes.
Hasta que Valeria entró en una discoteca. La persona que la seguía le envió un mensaje a Eduardo.
“