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—Eran casi las nueva de la noche y todo el día había llovido, caminaba con una pequeña maleta que había sacado a hurtadillas de casa. Llamé durante una hora a Izan, pero jamás me respondió. Cuando pasé el puente de Verona, alguien sujetó con fuerza mis hombros y me tiró con rapidez hacia un lado de la carretera. Repetía en un acento que no reconocía en nombre de Izan. Sus ojos cafés eran

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