Sofía agradecía, en lo más íntimo de su ser, que el dolor se hubiera disipado; era consciente, por fin, de que se hallaba resguardada en el hospital, o al menos eso le susurraba el persistente aroma a desinfectante que impregnaba el aire. Sin embargo, la memoria le jugaba una mala pasada, ya que no lograba recordar cómo había llegado hasta allí, ni qué había sucedido tras el momento en que liberaron sus manos.
La pesadez en sus párpados era un peso doble, fruto tanto de la hinchazón que deforma