La luz fría de la suite del hotel iluminó la escena con una crudeza brutal, revelando cada arruga de terror en los rostros de Benjamin y David. Frente a ellos, Isabella, gélida y letal, los mantenía inmovilizados con la certeza de su Glock.
El aire, denso y cargado con el olor metálico de la inminente fatalidad, se hizo pesado, casi irrespirable.
—Siempre tuve razón sobre ti —dijo David, su voz apenas un susurro rasposo que se ahogaba en el silencio.
Había en su mirada una amarga resignación, u