La mañana después de que Nathaniel Vance abriera el sobre en el parque, el mundo se convulsionó. No hubo un amanecer tranquilo en su universo, solo el estruendo de una verdad que se extendía como un incendio forestal, y la filtración de los resultados de ADN fue instantánea, implacable.
Las pantallas de televisión de todo el país se iluminaron con una urgencia febril. En el despacho de su mansión, Vance, que no había dormido, observaba con los ojos inyectados en sangre el aluvión mediático. La