La Casa Blanca, aún conmocionada por la confesión del Presidente y la fuga de Rebecca Thorne, se transformó en un centro de operaciones militares silencioso y tenso.
Nathaniel Vance, a pesar del agotamiento que lo carcomía, sentía una extraña mezcla de determinación y adrenalina. Había hecho su jugada pública, se había expuesto al mundo, y era momento de recoger su premio, pero también era el momento de desmantelar a la Resistencia y de cortar la cabeza de la hidra.
En una sala de mapas discret