Las semanas previas a las elecciones fueron un remolino de ajetreo que consumió la mansión como un incendio. El bullicio de los asistentes, el zumbido de los teléfonos y la tensión de los discursos se sentían en las paredes. El aire, que una vez fue de paz, ahora estaba cargado de un nerviosismo eléctrico. Vance pasaba las noches fuera, regresando a la casa solo para unas horas de sueño inquieto. El hombre que se había postrado de rodillas, con el alma rota, para leerle un cuento a su hijo, hab