El olor a antiséptico y la luz blanca y dura de la habitación del hospital en Moscú se sentían como una prisión. Vance, recostado en la cama, miraba el techo. Sus costillas rotas dolían con cada respiración, un dolor sordo y constante que era un recordatorio físico de la odisea que había vivido, pero su mente estaba lejos de la agonía. Su mente estaba en Anastasia, la mujer que había sido su infierno y su cielo, y la que lentamente volvía a ser parte de él.
La había dejado en el aeropuerto, en