El aire del estudio de televisión era un cóctel de luces ardientes, maquillaje y el zumbido constante de los equipos. Vance estaba sentado en un sillón de cuero, un ancla de calma en un mar de nervios. La entrevistadora, una mujer de cabello perfectamente rubio y una sonrisa afilada, lo miraba con una intensidad que traspasaba la fachada de amabilidad. La entrevista había comenzado con las preguntas de rigor sobre la economía del país.
Vance respondió con la fluidez de un político experimentado