Isidora miró su reflejo por quinta vez.
El blazer gris se ajustaba bien. Los pantalones negros caían con elegancia. El cabello recogido en moño bajo, profesional pero no severo.
Se veía como alguien que sabía lo que hacía.
Mentira. Pero una mentira convincente.
Su portafolio descansaba sobre la cama. Diego había ayudado a imprimir todo en alta calidad. Cada diseño montado en cartulina negra con su nombre nuevo en la esquina.
Valero.
El apellido todavía se sentía extraño. Como ropa nueva que aún