Diego la llevó a un café pequeño a tres cuadras del edificio Franzani.
No hablaron en el camino. Solo caminaron, sus pasos sincronizados como siempre lo habían estado.
El café era uno de esos lugares escondidos que solo los locales conocían. Paredes de ladrillo expuesto, mesas de madera desgastada, olor a espresso recién hecho.
Diego pidió dos cortados sin preguntarle qué quería. Conocía su orden de memoria.
Se sentaron en una mesa del fondo, lejos de las ventanas. Privacidad en medio del caos