Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en la cabina duró exactamente lo que tardó Isidora en entender que Matteo no iba a responder.
¿El abrigo también?
Nada.
Apretó la lana gris contra el regazo y giró la cara hacia la ventana. La ciudad desfilaba afuera en una secuencia de luces, semáforos y sombras que no le pertenecían. A su lado, Matteo conducía con una calma tan limpia que parecía insultante. Los dedos relajados sobre el volante, el perfil inmóvil, la misma expresión de alguien que nunca había tenido que pedir permiso para nada.
—El contrato —dijo Isidora al fin.
—Mañana.
—No. Esta noche.
Matteo no apartó la vista del camino.
—¿Cuál es la condición?
Isidora tardó un segundo en responder. El coche se deslizó por una avenida amplia, vacía a esa hora, y el reflejo del tablero le dibujó una línea de luz sobre el cuello.
—Una cláusula de salida. Dos años. Después de dos años, cualquiera de los dos puede disolver el matrimonio sin consecuencias para Casa Almonte.
—No.
—Entonces no firmo.
Matteo soltó una exhalación breve, casi aburrida.
—Tu hermano ya firmó la alianza. Si el matrimonio no se formaliza, la deuda se cae sobre ustedes otra vez. Y Casa Almonte no tiene margen para resistirlo.
—Lo sé.
—Entonces no estás negociando desde la fuerza —dijo él—. Estás negociando desde el borde.
Isidora sostuvo la mirada en el vidrio. El reflejo de su propio rostro le devolvió una versión más pálida de sí misma, pero no menos firme.
—Estoy negociando desde lo único que me queda.
Matteo giró apenas el volante para entrar en una calle más estrecha, bordeada de árboles altos.
—Una cláusula —dijo al fin—. La que tú elijas. La negociamos esta noche.
Isidora lo miró por primera vez desde que habían salido de la mansión.
—¿Por qué?
Matteo mantuvo los ojos al frente.
—Porque un contrato firmado por miedo no vale nada.
La frase quedó suspendida entre ambos con una claridad incómoda.
—Y usted no quiere algo que no vale nada —dijo ella.
Matteo hizo una pausa mínima.
—No.
No explicó más. No necesitaba hacerlo.
El portón de hierro forjado se abrió solo al detectar el vehículo. La Mansión Franzani no tenía el peso antiguo de la de los Almonte. Aquí todo era vidrio, acero y líneas exactas; una casa diseñada para ser observada y temida, no habitada con calidez.
Matteo estacionó bajo el dosel de entrada y descendió primero. Luego abrió la puerta del pasajero sin mirar a otro lado.
Isidora bajó con el abrigo gris en el brazo.
James, el mayordomo, la esperaba en la entrada con el gesto rígido de quien no se permite curiosidad. A su lado estaba Julieta Bastidas, vestida de rojo oscuro, la mirada afilada y silenciosa. No era una mujer que recibiera a nadie; era una mujer que evaluaba.
—Así que tú eres la otra Almonte —dijo, sin saludar.
—Sí —respondió Isidora, sosteniendo su mirada—. La que se va a casar con su hijo.
Julieta no sonrió. Solo giró hacia Matteo con una expresión que reservaba para los asuntos que no admitían testigos.
—Mañana, madre —dijo él.
Ella se apartó sin más.
James las condujo por un corredor amplio hasta el ala este. La habitación que le habían asignado era tres veces más grande que la suya en la casa Almonte, pero no tenía un solo gesto de humanidad. Una cama inmensa, sábanas grises, un escritorio de madera oscura, una ventana de piso a techo y un baño de mármol blanco que parecía diseñado para no dejar huella.
En el escritorio había una carpeta de cuero y un bolígrafo.
Isidora dejó el abrigo sobre la silla más cercana y abrió la carpeta.
Veintisiete páginas.
Leyó cada una con una concentración casi clínica. La cláusula de derechos creativos estaba en la página once. Párrafo tercero. Redactada con una frialdad perfecta: cualquier obra de diseño, ilustración, colección o material creativo producido durante el matrimonio pasaría a ser propiedad de Franzani Atelier.
Volvió a leerla.
No levantó la vista cuando oyó la puerta.
Matteo estaba en el umbral.
—Dijiste una cláusula —dijo Isidora, sin girarse.
—Sí.
—Página once. Párrafo tercero.
Un silencio. Casi imperceptible, pero suficiente.
—¿Eso es lo que quieres negociar? —preguntó él.
Ahora sí, Isidora se giró.
—Quiero que no me aplique. Que todo lo que produzca sea mío.
Matteo la observó desde la puerta, como si sopesara algo que no estaba escrito en la carpeta.
—¿Por qué esa cláusula en particular?
—Porque es la única que importa.
Él avanzó un paso, apenas uno.
—La modifico.
Isidora no se movió.
—Con una condición —añadió él.
—La escucho.
—Si en algún momento Franzani Atelier quiere adquirir una pieza tuya, tendrás derecho de primera negociación. Tus términos. Tu precio. No habrá transferencia automática.
Isidora tardó un segundo en contestar.
—Eso no estaba en el contrato.
—Todavía no lo firmas.
Él se giró hacia la puerta.
Entonces James apareció en el corredor con algo doblado sobre el brazo.
El abrigo gris.
Lo dejó sobre la cama con el cuidado con que se deposita una prenda de valor. Luego se retiró sin hablar.
Isidora miró el abrigo. Después al mayordomo. Después a Matteo.
—¿Charles lo envió? —preguntó.
Matteo no respondió.
La puerta quedó entornada cuando él salió.
Isidora avanzó hasta la cama. Tomó el abrigo entre las manos y pasó los dedos por la costura interior del dobladillo. El hilo gris seguía donde lo había dejado. Nada parecía alterado.
Nada visible.
Pero Charles lo había sabido.
Y Charles lo había enviado.
Abrió el cierre con unas tijeras pequeñas que encontró en el cajón del escritorio. La costura cedió poco a poco, y los seis bocetos aparecieron intactos, doblados con precisión, como si el abrigo hubiera sido una piel falsa alrededor de ellos.
Los extendió sobre la colcha.
Uno de ellos tenía el corte asimétrico en el dobladillo izquierdo.
El mismo detalle que Matteo había mencionado en la fiesta.
Isidora se quedó inmóvil.
Alguien los había visto.
Y eso significaba que el escondite ya no era un escondite.
Tomó aire, volvió a doblarlos y los dejó sobre la cama. Se giró hacia el armario, buscando un segundo lugar, una salida, una forma de ganar tiempo.
La puerta se abrió.
Matteo estaba ahí.
Había vuelto sin hacer ruido, pero no lo suficiente como para evitar que la viera con las tijeras aún en la mano y los bocetos abiertos sobre la cama.
Su mirada cayó primero sobre los papeles.
Luego sobre ella.
Y por primera vez desde que lo conocía, Isidora vio algo parecido a la sorpresa real en su rostro.
—¿Qué estás escondiendo? —preguntó él, en voz baja.
Y entonces supo que el problema ya no era el abrigo.
Era que Matteo acababa de verla con algo vivo en las manos.







