El doctor Marsal tenía en el despacho la clase de silencio que se construye con años.
No el silencio del edificio vacío. El de alguien que ha aprendido a esperar lo que la gente tarda en decir lo que realmente ha venido a decir. Lo había visto Isidora en cuanto entró: la manera en que él se levantó, le señaló la silla y no habló hasta que ella estuvo sentada del todo. El protocolo tácito de alguien que sabe que las primeras palabras son del otro.
—¿Recuerda a mi padre? —preguntó Isidora.
—Perfe