El jueves por la tarde llegó el correo de Carmen Rivas.
Isidora estaba sola en el departamento de diseño. El equipo había salido a las seis. Elena había dejado el café hecho y la nota habitual sobre la mesa. El edificio Franzani a las seis y media tenía ese silencio de final de jornada que ya no le resultaba incómodo.
Abrió el correo.
Eran diecisiete páginas adjuntas.
Carmen Rivas había trabajado rápido. En cuarenta y ocho horas había contactado a un especialista en toxicología clínica forense,