El domingo Isidora no fue a Franzani.
Se quedó en el apartamento de Gràcia con las ventanas abiertas de par en par y el sonido de la calle entrando libremente: las voces del mercado en el pasaje de abajo, los pájaros en el patio interior, el timbre distante de la iglesia a las doce que marcaba el mediodía con la precisión de algo que lleva décadas marcándolo y que no tiene intención de detenerse.
La normalidad de un domingo en Barcelona. Una ciudad que sabe descansar con la misma energía con qu