Levanta la mano y trata de tocarme. Pero soy rápida y giro el rostro de inmediato, evitando su contacto. No voy a dejar que su piel y la mía ni siquiera se rocen. No lo permitiré.
Él suelta una risa baja y oscura. Retira su mano con calma, sin dejar de mirarme.
—Ya veo que no, —susurra—. Sigues manteniendo esa rebeldía. —Inclina el rostro antes de añadir con una tranquilidad escalofriante. —Tarde o temprano, tendrás que dejarla. —Su tono cambia, más seco, más pesado. —Si no quieres que los tu