Miro con resignación el vestido que, aunque bonito, preferiría no llevar en absoluto. Las fiestas no son lo mío, pero aquí estoy, siendo la estrella del show en una que ni siquiera pedí. Sin embargo, no puedo evitar reírme de lo irónico que resulta todo: yo, la que se siente más cómoda en vaqueros y camisetas, ahora en un vestido digno de una alfombra roja.
—Vas a estar increíble —dice Asha, dándome una palmadita en la espalda mientras me arregla el último mechón de cabello.
—Si por “increíble”