La oficina del abogado de Fabricio estaba en un silencio absoluto.
Anahir y Alejandra se sentaron juntas en el pequeño salón, ambas con los rostros tensos, con el peso de demasiadas cosas sobre los hombros. Afuera llovía. Una de esas lluvias finas, persistentes, que parecían durar toda la vida.
El abogado se acercó con una carpeta cerrada y la colocó sobre la mesa de madera. No hablaba como defensor de Fabricio, hoy no . Su voz era más baja,más personal.
— Gracias.Les pedí que vinieran por