Esa noche, Río tenía un silencio raro. Como si la ciudad también se estuviera preguntando por qué las cosas no habían salido como esperaban.
Los hermanos de Sol la habían escoltado hasta la puerta como si fuera una joya recién recuperada. David caminaba con el ceño fruncido, y el otro —Sandro— no había dicho una sola palabra desde que salieron del sambódromo. Solo soltó un:
—Andá a dormir, Sol. Después hablamos.
Ella asintió en silencio, sabiendo que si abría la boca, la pelea era inminent