Lux soñó con él esa noche.
No había sala, ni heridas, ni planes de venganza: solo un espacio indeterminado, oscuro, iluminado por destellos rojos y dorados, como brasas ardiendo en la penumbra.
Thiago estaba ahí, de pie frente a ella, la camisa abierta revelando la venda en su costado. Pero en el sueño, la herida no lo hacía frágil; lo hacía más fuerte, más peligroso, como si cada cicatriz fuese una medalla de guerra.
—¿Vas a seguir mirándome así? —preguntó él, con esa media sonrisa que mezclab