Sienna
Me quedé mirando la polla de Dan. Seguía ahí, erguida, gruesa y furiosa, como un castigo del que no podía escapar.
Sentía las piernas como si fueran de plomo. Me dolían los muslos, pero conocía las reglas. Y esto apenas estaba empezando.
Gateé hacia él, con la respiración entrecortada mientras mi coño dolorido rozaba las sábanas.
—No te quedes solo mirándola, Sienna —se burló Dan—. El anillo está esperando.
Apoyé las manos en su abdomen firme. Sus abdominales se sentían como una pared, d