Era de mañana. En los últimos cuatro días en esta prisión, si había algo a lo que me estaba acostumbrando, era a despertarme temprano. Porque en cualquier momento sonaría la campana y no quería que los guardias me sacaran a rastras.
Me incorporé, con la cabeza pesada por el recuerdo de la noche anterior. La culpa me invadió una y otra vez.
Miré a Fin; todavía estaban en su catre, estirándose. No podía mirarles a los ojos. Me di la vuelta, aferrando mi manta, y empecé a alisar la cama como si