Primeros cinco días en prisión

Fin no se detuvo. Bajaron más, su lengua bailando contra mí con un ritmo que parecía un lenguaje secreto. Cada vez que su lengua giraba sobre mi clítoris, una descarga de electricidad pura e incandescente salía de mi centro directo a la base de mi columna. Me retorcía en el colchón duro, con las manos enredadas en la tela áspera de mis sábanas. Podía sentir cada lametazo, cada rastro húmedo de su lengua contra mis nervios más sensibles, hundiéndome en una neblina febril de pura sensación.

—¡S
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