Luciano no había dormido. No se había curado la herida del hombro, que seguía manchando su camisa blanca. En el sótano de la propiedad, bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico, tres guardias colgaban de las muñecas, encadenados a las vigas del techo.
Gino estaba a un lado, apoyado en su bastón, observando a su jefe con una mezcla de tristeza. Jamás, en todos sus años de servicio, había visto a Luciano así. No era la furia de siempre, era una desconexión total de cu