Luciano se quedó petrificado en medio de la habitación, con el aire escapando de sus pulmones como si le hubieran disparado a quemarropa en el pecho. Las palabras de Aurora “quiero el divorcio” resonaban en las paredes de mármol, golpeándolo con más fuerza que cualquier traición de sus enemigos.
Él, que había construido un imperio sobre cadáveres y voluntad, se sentía de repente como un niño perdido en la oscuridad. Su amor por ella no era un simple sentimiento; era el eje sobre el cual giraba