La luz del amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Costello, pero esta vez no traía consigo la sombra del miedo. El aire se sentía limpio, como si la tormenta de sangre de la noche anterior hubiera sido lavada por una lluvia purificadora.
En la habitación principal, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración de Aurora y el suave murmullo del bebé, que descansaba en una cuna junto a la cama.
Luciano entró en la habitación con pasos lentos. Se había bañado y cambiado; y