Luciano, con el rostro endurecido por una determinación feroz, no se separó ni un centímetro del lado de Aurora. La habitación principal había sido equipada semanas atrás con tecnología médica de vanguardia, convirtiéndola en un búnker completamente seguro para la llegada del primogénito.
—¡Respira, Aurora! Mírame a mí, solo a mí —rugió Luciano, permitiendo que ella triturara los huesos de su mano derecha con cada contracción.
Él, que había visto hombres morir suplicando, sentía que su propia