El despacho de Luciano olía a pólvora y a una desesperación contenida que amenazaba con derrumbar las paredes de ese lugar. Aurora estaba sentada en el borde de la gran silla de cuero, con las manos entrelazadas tan fuerte que sus nudillos estaban blancos.
Sus ojos, antes llenos de la esperanza que Luciano le había devuelto, eran ahora dos pozos llenos de angustia. Se había prometido una sola cosa en la vida y era cuidar a Emma, y lo había hecho mal.
Luciano se acercó a ella. No como un jefe