El aire en la mansión se sentía pesado, mientras él se concentraba en reorganizar las rutas de distribución y en marcar su territorio tras la supuesta muerte de Dante, Enzo se movía en las sombras como una serpiente que conoce cada grieta de Luciano.
Enzo sabía que no podía entrar a la fuerza. La seguridad de Luciano era bastante fuerte y Gino, a pesar de su bastón, seguía teniendo ojos en la nuca. Pero Enzo tenía algo que ellos no: una máscara de arrepentimiento que sabía usar a la perfección.