La mansión Costello se había convertido en un santuario blindado donde el tiempo parecía transcurrir a un ritmo diferente al del resto del mundo sangriento de Luciano.
Luciano, por primera vez en semanas, no llevaba su arma, ni el teléfono pegado a la oreja. Estaba sentado en un gran sofá de cuero, con Aurora recostada entre sus piernas, su espalda contra el pecho de él.
Luciano sostenía un libro de poemas que Aurora le había pedido leer, aunque sus ojos no estaban en las letras, si no que esta