Sótano de la Mansión Carbone
Medianoche. Luces frías. Silencio pesado. El eco de las botas retumba como una sentencia.
Las puertas del gran salón subterráneo se abrieron con un crujido seco. Dos hombres arrastraban a Vittorio, que aún sangraba de la ceja, forcejeando como una fiera acorralada. Lo tiraron de rodillas ante una gran silla de respaldo alto. En ella, Juan Carlos Carbone los esperaba con el rostro oscuro, los ojos hundidos por la decepción y la furia.
A un lado, otros hombres traían