Jin se detuvo frente a la mansión Moretti, inmensa, oscura y silenciosa, como si aún no hubiese despertado del luto que la cubría desde hace quince años. La fachada, de mármol grisáceo, lucía tan imponente como siempre, pero con el doble de seguridad. Hombres vestidos de negro patrullaban discretamente, armados, observando todo con sospecha. Aun así, nada de eso intimidaba a Jin. Él había crecido entre hombres que disparaban antes de preguntar.
Ajustó su chaqueta de cuero y esperó con paciencia