15 años más tarde.
—¡Jin, hijo, puedes bajar a desayunar! —llamó Sean desde el primer escalón de aquella majestuosa escalera de mármol blanco, cuya curva elegante dividía el corazón de la mansión Carbone en dos alas opuestas.
La voz de Sean resonó con esa mezcla de dulzura y autoridad que usaba cada mañana, cuando su hijo parecía empeñado en romper todos los récords de impuntualidad.
James, de pie en el comedor, se sirvió una taza de café humeante, mientras observaba los rayos del sol colarse p