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Lo que verdaderamente hizo estallar a Enzo en pánico y suplicar de aquel modo, fue la imagen del otro hombre arrodillándose a la altura de su entrepierna, para sucesivamente enterrar el rostro ahí. Más que simple vergüenza por la evidente excitación aprisionada entre sus pantalones, Enzo no podía soportar la imagen de Alessandro mirándole sonriente desde abajo, con toda la perversión del universo tatuada en el rostro mientras rozaba tentativamente a los alrededores de su ingle, torturándolo a p
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