Los objetos rotos en el suelo parecían testigos mudos de la furia de James, y el aire olía a tensión, a esa mezcla de rabia contenida y miedo que apenas se disimula. Jin, de pie frente a su padre, no podía apartar la mirada de su rostro desencajado.
El joven se llevó la mano al pecho, sintiendo cómo el corazón le latía con violencia, como si quisiera romperle las costillas para salir.
—No puede ser… —susurró, más para sí mismo que para los demás—. Un día… un maldito día después de haber ido a v