James caminaba de un lado a otro, la respiración agitada, el rostro enrojecido de rabia y las venas del cuello tensas como cuerdas a punto de reventar. Entre sus manos llevaba un papel, una notificación oficial marcada con sellos y firmas que no lograba ver con claridad por la furia que le nublaba la vista. Sus dedos lo apretaban tanto que lo arrugó hasta volverlo un amasijo insignificante.
—¡Hijo de perra! ¡Maldito infeliz! —rugió golpeando el escritorio con el puño, una y otra vez, hasta que