La sala de espera del hospital estaba envuelta en un silencio pesado, roto solo por el tenue zumbido de las luces de emergencia. Jin no dejaba de mirar las manos ensangrentadas de Alessandro, mientras este las frotaba sin descanso con un pañuelo ya húmedo. Afuera llovía. El cielo lloraba con ellos.
Jin se levantó del asiento y caminó lentamente hacia su padre biológico. Tenía los ojos rojos, pero no por el llanto. Era enojo contenido, confusión, y una verdad que necesitaba salir de la oscuridad