VIOLA
Kael no nos siguió. Se quedó parado frente a la puerta del edificio, con las manos en los bolsillos de los pantalones y la cara de alguien que está desatando algo que nunca llegó a atar bien.
Mientras nos alejábamos, sentí la mirada de Kael clavada en mi espalda, pesada, arrepentida y, de alguna manera, resignada.
Pero esta vez no me volví.
Por primera vez desde que regresé, me di cuenta de que no estaba obligada a volver con alguien solo porque se arrepintiera. Las heridas no se curan co