69. El Cambio de las Sombras
Amir Al-Hadid se puso en pie lentamente. La pluma estilográfica se deslizó de sus dedos, rodando por la mesa de nácar hasta caer al suelo con un tintineo sordo. Sus ojos negros se clavaron en Elena con una fijeza que ya no era solo la del amante posesivo, sino la del soberano que descubre que su corona pende del apellido de una extranjera.
El general Asim se adelantó, su voz temblando ante los doce ancianos del Consejo.
—Las leyes del desierto oriental son claras, Emir —anunció el general,