33. El Refugio de la Tormenta
La mirada de Amir era puro fuego negro. No miró a Elena, ni a Nikos, ni al rehén. Sus ojos se clavaron directamente en su esposa.
—¿Qué significa esta insurrección en mi propia casa, Zahra? —preguntó Amir, con una voz que era un filo de acero capaz de decapitar a un hombre con solo una inflexión.
—Amir... mi Rey —Zahra intentó recuperar la compostura, dando un paso hacia él con las manos suplicantes, aunque la palidez de su rostro la delataba —Esta mujer... la extranjera, ha intentado robar