Los días pasaron y, aunque Miriam cada día estaba más fuerte, Miguel no bajaba la guardia ni un segundo, seguía cuidándola como si aún estuviera en peligro, como si bastara un descuido para perderla, y aquella mañana la puerta se abrió lentamente mientras él entraba usando solo la parte baja de su pijama, el cabello ligeramente húmedo, una bandeja en las manos y la mirada fija en ella desde el primer segundo.
—Amor… ¿cuándo me dejarás levantarme?… ya estoy bien… —murmuró Miriam con una pequeña