La mañana después de la gala, el edificio Blackwood estaba envuelto en un silencio extraño.
Todos podían sentirlo. Algo se había roto en su CEO.
Erick llevaba desde el amanecer encerrado en su oficina, mirando la ciudad desde el piso 52 sin mover un músculo. Nadie se atrevía a molestarlo.
Nadie… excepto Miguel.
Su asistente y amigo entró sin tocar, con un expediente grueso sujeto con ambas manos. Su rostro estaba ceniciento.
—Erick… —dijo con voz baja.
Erick no respondió. No se movió.
Miguel tr