La cena terminó con aplausos.
Erick Blackwood dio su discurso perfecto: firme, seguro, impecable.
Habló de negocios, de inversión, de caridad… pero ni una sola vez miró hacia donde Amelia estaba. Ella apenas respiraba, no podía dejar que terminara así, no podían morir así.
Cuando él salió del escenario, Amelia lo siguió, caminó entre mesas, entre murmullos, entre miradas.
Hasta que lo encontró en un pasillo lateral del salón, un espacio silencioso, iluminado solo por lámparas doradas.
—Erick… —