Los niños estaban felices, sentados frente a la televisión, riendo mientras comían helado y galletas sin preocuparse de nada más. El ambiente parecía tranquilo, casi doméstico, pero bajo esa calma había otra cosa. Armand mantenía a Mildred suavemente sujeta contra su cuerpo, su mano firme sobre ella, como si no pensara soltarla.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
—Hermano, llegué.
Michelle entró agitado, pero apenas los niños lo vieron, todo cambió.
—¡Papiiiii!
Corrieron hacia él y Michelle