Lara
Tanto Arion como yo nos quedamos perplejos, intentando procesar la acción del guardián.
De repente, Lionai vuelve a lanzarse sobre mí, pero Arion lo empuja, obligándolo a retroceder. Lionai se levanta, ríe y, antes de que otro guardián lo toque, vuelve a mostrar la daga ensangrentada.
Entonces caigo en cuenta de lo que está pasando.
Está usando mi sangre para que los guardianes no lo maten.
No puede ser…
—Eso no le servirá —dice Arion, victorioso—. Pronto los guardianes lo notarán. Cualquiera puede tomarlo desprevenido antes de que muestre la daga. Necesita la sangre en todo su cuerpo para poder traspasar Faesya —asegura.
No lo sé, algo me dice que Arion puede estar equivocado. Y no me quedaré quieta para comprobar si está en lo cierto o no. Necesito acabar con esto yo misma.
Por lo tanto, de un movimiento rápido, me lanzo hacia Lionai, cansada de esta situación.
—¡No! —grita Arion, desesperado, perdiendo la compostura de la que gozaba hace poco.
De repente, siento un dolor inten