Lara
Abro los ojos lentamente, con parpadeos débiles, hasta que mi vista deja de ser borrosa y se torna clara. El rostro de Killiam es lo primero que visualizo, su preocupación, sus ojos brillosos por las lágrimas, un poco enrojecidos, y sus manos sosteniendo las mías, dándome calor.
Lo observo, alelada, y trago pesado. Tras un largo suspiro, trato de incorporarme y él me ayuda.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Su pulgar roza mi mejilla con delicadeza, con ternura.
Lo primero que hago es abrazarlo, por impulso, con una fuerza que no sé de dónde nace, porque aún estoy un poco mareada. Pero todo lo que necesito es su calor, sentir la textura de su cuerpo, confirmar que está bien, que está aquí conmigo.
—Sí, sí, estoy bien. ¿Y tú, lo estás?
—Sí, gracias a ti. Estoy completamente sano.
Sus dedos toman una hebra de mi cabello que se me ha pegado al rostro, juega un poco con ella y luego la lleva detrás de mi oído.
Acto seguido, roza su nariz con la mía y sus labios tocan mi boca. Me la relamo,